Gafas con inteligencia artificial: Noruega quiere prohibirlas en espacios públicos por privacidad

gafas con inteligencia artificial

Estás sentado en una terraza hablando con alguien. En la mesa de al lado hay una persona con gafas. Nada especialmente sospechoso. El pequeño detalle es que esas gafas pueden llevar cámara, varios micrófonos y un asistente de inteligencia artificial capaz de interpretar parte de lo que ocurre delante de ellas.

Noruega acaba de decidir que quizá conviene pensar en esto antes de que llevar una cámara en la cara se convierta en algo completamente normal. El Gobierno anunció el 5 de octubre que propondrá una prohibición temporal de las gafas con inteligencia artificial en determinados espacios públicos, mientras un grupo de expertos estudia cómo debería regularse esta tecnología a largo plazo.

La medida todavía debe pasar por el Parlamento y no supone una prohibición general de estos dispositivos. Pero marca un precedente interesante. En Sal de la Matrix hablamos con frecuencia de privacidad digital, aunque esta vez el problema resulta bastante más físico: puedes decidir no utilizar unas gafas inteligentes, pero no puedes decidir fácilmente no aparecer delante de las de otra persona.

Qué quiere prohibir exactamente Noruega

El Gobierno noruego pretende obtener autorización parlamentaria para restringir temporalmente el uso de gafas con IA en determinados lugares. La lista definitiva todavía no está cerrada, pero el Ministerio de Digitalización menciona expresamente parques, playas, museos, centros comerciales y eventos públicos.

La restricción podría ser todavía más estricta en lugares frecuentados por menores, como escuelas, guarderías, parques infantiles y clubes juveniles. También se estudian espacios especialmente sensibles como hospitales, residencias, centros sanitarios y gimnasios. :chatgpt-content-reference{index=»1″}

El ministro de Digitalización, Torgeir Micaelsen, explica la razón de forma bastante directa: le preocupa que se esté introduciendo una tecnología capaz de fotografiar, grabar vídeo o registrar conversaciones de personas sin que estas sepan necesariamente que está ocurriendo. :chatgpt-content-reference{index=»2″}

La prohibición será temporal. Paralelamente, Noruega creará un grupo de expertos que estudiará una regulación nacional permanente. El Gobierno insiste además en que no pretende impedir usos privados o aplicaciones beneficiosas de estas gafas cuando no afecten a terceros.

Por qué unas gafas cambian el problema de las cámaras

Los teléfonos llevan cámaras desde hace más de veinte años. Entonces, ¿qué tiene de especial colocar una cámara en unas gafas?

Principalmente, la fricción.

Para grabarte con un móvil normalmente tengo que sacar el teléfono, orientarlo hacia ti y mantenerlo en una posición razonablemente evidente. Puedes darte cuenta de que estoy grabando. Incluso puedes preguntarme qué estoy haciendo.

Con unas gafas inteligentes la cámara está alineada permanentemente con la dirección en la que mira la persona. No necesita sostener nada. Puede caminar, hablar contigo, comprar, viajar en metro o entrar en una tienda mientras lleva el dispositivo preparado para capturar imágenes desde su propia perspectiva.

Eso convierte una acción deliberada —sacar una cámara— en una capacidad permanente.

Meta ya vende esa idea como algo cotidiano

El ejemplo más conocido son las gafas con IA de Meta, desarrolladas junto a marcas como Ray-Ban y Oakley. Los modelos actuales incorporan cámara, altavoces y varios micrófonos y permiten hacer fotografías, grabar vídeo, realizar llamadas y utilizar Meta AI sin sacar el teléfono.

Los nuevos Ray-Ban Meta Gen 2 pueden grabar vídeo en resolución 3K y alcanzar unas ocho horas de batería. Algunos modelos de Oakley llegan hasta nueve horas y cuentan con cinco micrófonos integrados. :chatgpt-content-reference{index=»3″}

Meta describe las gafas como una manera de “capturar, compartir y vivir el momento” sin utilizar las manos. La compañía también considera que este tipo de dispositivos terminarán convirtiéndose en una de las principales puertas de acceso a sus servicios de inteligencia artificial y realidad aumentada. :chatgpt-content-reference{index=»4″}

Es una apuesta importante. Las tecnológicas llevan años intentando encontrar el dispositivo que pueda suceder al teléfono móvil. Las gafas tienen una ventaja extraordinaria: están exactamente donde están tus ojos y tus oídos.

Meta dice que hay un LED para avisarte

Los fabricantes conocen perfectamente el problema de privacidad. Las Ray-Ban Meta incorporan una luz LED que se activa cuando la cámara está capturando fotografías o vídeo. Meta asegura además que las gafas impiden realizar esas capturas si alguien cubre deliberadamente el indicador. :chatgpt-content-reference{index=»5″}

La compañía recomienda pedir permiso antes de grabar a otras personas y evitar las gafas en lugares sensibles o donde exista una expectativa razonable de privacidad. Es una política bastante sensata.

La pregunta es si resulta suficiente.

Una pequeña luz en la montura funciona si sabes que existe, si estás mirando hacia ella y si puedes distinguirla. En una calle, un concierto, una playa o un centro comercial quizá ni siquiera hayas identificado que la persona que tienes delante lleva unas gafas con cámara.

Y aquí aparece una diferencia importante respecto a muchos problemas tradicionales de privacidad digital: la persona que debe detectar el dispositivo puede no ser su propietaria.

La privacidad del propietario y la privacidad del que pasa por delante

Cuando hablamos de privacidad tecnológica solemos pensar en configuraciones. Desactivar ubicación. Bloquear cookies. Limitar permisos. Impedir seguimiento publicitario.

Todo eso presupone que tú utilizas el dispositivo.

Con las gafas inteligentes aparece un segundo sujeto: la persona situada delante. Puede ser un compañero de trabajo, alguien sentado en el metro, un niño en un parque o una persona que simplemente pasa por la calle.

Esa persona no tiene acceso al menú de privacidad de las gafas. Tampoco puede pulsar un botón para excluirse de una fotografía o de una grabación que desconoce que está ocurriendo.

Es una inversión interesante del modelo habitual. La privacidad deja de depender únicamente de tus decisiones tecnológicas y empieza a depender también de las decisiones tecnológicas de quienes te rodean.

La IA añade otra capa al problema

Una cámara convencional captura una imagen. Unas gafas conectadas a inteligencia artificial pueden hacer bastante más con lo que ven.

Meta ya utiliza capacidades multimodales que permiten preguntar al asistente sobre objetos y escenas que se encuentran delante del usuario. La compañía presenta esta función como una manera de obtener información contextual sin necesidad de mirar una pantalla.

Eso abre aplicaciones muy útiles. Una persona con problemas de visión puede recibir descripciones de lo que tiene delante. Un viajero puede pedir una traducción. Alguien puede identificar un monumento o solicitar información sobre un objeto.

Pero también cambia la naturaleza del sensor. La cámara deja de limitarse a registrar y empieza a interpretar.

En nuestro artículo sobre cómo los algoritmos construyen una burbuja de filtros explicábamos que el poder de un sistema aparece cuando transforma pequeños datos cotidianos en información útil para tomar decisiones. Las gafas llevan esa lógica al mundo físico: el flujo de datos potencial ya no procede únicamente de lo que haces dentro de una aplicación, sino de lo que ocurre delante de tus ojos.

¿Podrían llegar a reconocer personas?

Aquí conviene separar capacidad tecnológica de producto comercial. Las gafas actuales de Meta no se comercializan como un sistema general para identificar automáticamente a cualquier persona que pase por delante.

Pero la combinación técnica necesaria para hacerlo —cámara, conectividad, modelos de visión y sistemas de reconocimiento facial— existe desde hace años. Investigadores y desarrolladores ya han realizado demostraciones experimentales combinando gafas inteligentes comerciales con servicios externos de reconocimiento facial.

Eso no significa que Meta vaya a incorporar esa función. Significa algo diferente: cuando el hardware está desplegado, nuevas capacidades pueden aparecer mediante software.

El teléfono que compraste hace cinco años probablemente hace hoy cosas que no hacía cuando salió de la caja. Con unas gafas conectadas permanentemente a servicios de IA puede ocurrir exactamente lo mismo.

Las prohibiciones ya habían empezado antes que Noruega

El Gobierno noruego no parte completamente de cero. Varias instituciones del país ya habían decidido restringir estas gafas por su cuenta.

Escuelas de Oslo han prohibido determinados dispositivos inteligentes. La compañía energética Equinor también ha restringido su utilización en instalaciones por motivos relacionados con seguridad y confidencialidad. :chatgpt-content-reference{index=»6″}

Fuera de Noruega ocurre algo parecido. Cadenas comerciales y espacios privados han empezado a establecer sus propias reglas, y la UK Cinema Association ha restringido el uso de gafas inteligentes dentro de cines por el riesgo de grabación ilegal de películas. :chatgpt-content-reference{index=»7″}

Australia también está estudiando cómo responder a estos dispositivos. Lo interesante es que las normas empiezan a aparecer antes de que las gafas sean tan habituales como los teléfonos.

Google Glass llegó demasiado pronto

La historia tiene cierta ironía. Google intentó popularizar unas gafas inteligentes hace más de una década y se encontró inmediatamente con una reacción social bastante hostil.

Las Google Glass podían tomar fotografías y grabar vídeo. Eso bastó para que apareciesen prohibiciones en bares, restaurantes, cines y otros espacios. Incluso nació un término poco cariñoso para algunos de sus usuarios: glassholes.

El producto terminó desapareciendo del mercado de consumo.

Ahora la idea regresa con tres diferencias importantes: las gafas se parecen mucho más a unas gafas normales, la inteligencia artificial es muchísimo más capaz y las grandes tecnológicas creen que pueden convertirse en una plataforma informática masiva.

El problema social que hundió parte del entusiasmo por Google Glass, sin embargo, continúa ahí.

¿Cómo sabes cuándo te están grabando?

La batalla tecnológica está en eliminar fricciones

Buena parte de la innovación digital de las últimas décadas puede explicarse mediante una palabra bastante aburrida: fricción.

Amazon eliminó pasos para comprar. TikTok eliminó pasos para encontrar el siguiente vídeo. Spotify eliminó pasos para escuchar música. Los asistentes de IA están eliminando pasos para buscar y procesar información.

Las gafas inteligentes eliminan el paso de sacar un dispositivo del bolsillo.

Eso parece insignificante. Puede ser exactamente lo contrario.

Cuando fotografiar, consultar, traducir, identificar objetos o preguntar a una IA requiere únicamente mirar y hablar, utilizaremos esas capacidades muchas más veces. Y las personas que nos rodean estarán presentes en muchas de esas interacciones.

Noruega está intentando regular antes de normalizar

La decisión noruega resulta interesante precisamente por el momento elegido. Las gafas con IA todavía no son ubicuas. Puedes caminar por Madrid, Oslo o Londres sin cruzarte constantemente con ellas.

Eso permite discutir las reglas antes de que millones de personas hayan incorporado el dispositivo a su rutina diaria. El Gobierno ha anunciado además una nueva estrategia nacional sobre inteligencia artificial y afirma que quiere combinar adopción tecnológica con protección de derechos y seguridad. :chatgpt-content-reference{index=»8″}

La propuesta tampoco plantea prohibir completamente las gafas. Micaelsen ha señalado que existen usos privados legítimos y aplicaciones especialmente valiosas para personas con discapacidad. El objetivo declarado es identificar los lugares donde la privacidad de terceros debe pesar más que la comodidad del usuario.

Es una distinción bastante más interesante que decidir si la tecnología es buena o mala.

La cámara del futuro quizá no parezca una cámara

Estamos acostumbrados a reconocer los dispositivos que nos observan. Una cámara de seguridad está en una pared. Un móvil levantado apunta hacia algo. Una cámara profesional tiene un objetivo enorme.

Las gafas inteligentes rompen esa señal visual.

La cámara se convierte en ropa.

Después puede convertirse en auriculares, colgantes, broches o cualquier otro objeto conectado a modelos capaces de interpretar audio e imagen en tiempo real.

Por eso la discusión que Noruega acaba de abrir probablemente sobrevivirá a las Ray-Ban Meta actuales. La pregunta de fondo es qué normas queremos cuando los sensores capaces de grabar e interpretar nuestro entorno dejan de parecer sensores.

Durante años nos preocupó que las ciudades estuvieran llenas de cámaras.

Quizá simplemente estábamos mirando hacia arriba.

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